Querido Juan Pablo II:

Al llegar la elección del sucesor de Juan Pablo I, tú, Cardenal Wojtyla, en plenitud de vida, sin proponértelo, habías preparado tu persona para ser el nuevo papa. Tú no lo sabías, pero así era. Tu desarrollo eclesial, habilidad para confrontarse debidamente con los amos comunistas de tu patria, Polonia, tu aprendizaje de idiomas, tu alta capacidad diplomática, pero sobre todo tu profunda y notoria espiritualidad, te habían hecho el candidato ideal, y fuiste papa.

Una vida papal, convertida en el mayor liderazgo moral del mundo sin duda alguna, era no solamente lo que la Iglesia necesitaba, sino el mundo entero, y Dios nos lo dio en ti, Karol Wojtyla, como Juan Pablo II.

La orientación doctrinal, la pastoral que apacienta tantos años el rebaño confiado por Cristo, la lucha por la paz, la transformación de la Unión Soviética, que se abre al mundo y a la misma Iglesia que había perseguido, y tantas otras cosas maravillosas que el mundo y nuestra Iglesia particularmente han recibido de ti, son superadas por tu testimonio personal de sufrimiento.

Cuántas veces defendiste al sufriente, visitaste al enfermo, lo consolaste, tanto en plenitud de tu salud como en tu enfermedad. Como anciano, defendiste el derecho de los otros ancianos a recibir la ayuda, el calor, el amor y la compañía que necesitan. Defendiste la vida sobre todo: desde la concepción hasta la muerte natural: no al aborto, no a la eutanasia.

Gran defensor de la vida, tal como Dios permite que la vivamos en la enfermedad, en la dolencia física, con las limitaciones que el deterioro de la salud impone, lo sufriste en carne propia. Los últimos años de vida los has dedicado a soportar las dolencias que la medicina moderna no puede curar, hasta que las limitaciones en el movimiento para escribir, y en el habla para dirigirte al mundo, terminaron con tu capacidad de comunicarte.

Cuánta desesperación de no poder hablar, de no poder escribir, en plenitud de capacidad mental, y aceptar todo como venido de Dios, que en su infinita sabiduría no hace, no permite estas cosas si no es con algún motivo. En tu caso, la razón de Dios, si podemos entenderla, es el testimonio personal que has dado al mundo con tu dolor, con el deterioro de tu cuerpo afectando tus necesidades de movimiento y comunicación.

Estas últimas semanas, dentro de una vida con una acelerada pérdida de facultades físicas, producto del intento de asesinato, de accidentes y diversas enfermedades como el Mal de Parkinson, te llevaron a un estado tal que ya no podías dirigir a la Iglesia encomendada por Cristo a tu alma, tu mente y tus manos. Decidiste ser Papa hasta el final, y Dios lo ha concedido.

Todo esto, que te lleva a la muerte, después de la cual puedes presentarte ante Él para, como dijo San Pablo, recibir el premio merecido. El mundo te llorará, nos harás falta con tu persona amada,
respetada y admirada. La orientación del gran apóstol de finales del siglo XX, sin embargo, queda para siempre, en abrumadora catarata de mensajes a favor de la paz, del respeto a la vida y del amor a Dios, por medio del amor verdadero, en obras, a nuestro prójimo.

El dolor, pero sobre todo el dolor anímico de intentar hablar y ya no poder hacerlo, para darnos tus últimas bendiciones en desesperante silencio, son regalos que nos haces, respetando la voluntad divina, para darnos testimonio de llevar hasta el término de nuestras vidas el servicio a los demás, a los que nos han sido confiados, a los que esperan el calor humano y divino del amor al prójimo.

Nadie podrá decir que predicaste el respeto a la vida, el esfuerzo de servir al prójimo en el dolor y en la enfermedad desde el confort de una plena salud. No, tú eres testimonio viviente que perdurará sobre tu muerte para darnos el gran ejemplo de cómo servir hasta el límite de nuestras capacidades y posibilidades.

El dolor, la tristeza de perder tu vida, por el gran cariño que ganaste de propios y ajenos, se enfrenta ante la esperanza de la vida futura de lo que Dios ha preparado para los que le sirven y le aman. El mundo entero se entristece ante la inminencia de tu muerte, pero tu ejemplo de vida de sufrimiento y de llegar al Señor con las manos tan llenas de obras que se derraman de las mismas, es tu legado, tu herencia.

Desde la compañía de Jesucristo que te espera en el cielo, ruega por los que quedamos. Él oirá tu súplica y la atenderá como lo hizo en vida. Mereces el descanso que da la muerte, con la esperanza indubitable de la resurrección, pero quienes quedamos te extrañaremos, creyentes y no creyentes.

Ahora, sólo podemos pedir al Señor que tus últimas horas sean de paz física juntamente con la paz espiritual que siempre has tenido, que la medicina pueda suprimir tus dolores, que te permita la muerte tranquila respecto al cuerpo, tal como tu espíritu enfrenta la muerte con la tranquilidad que da la fe en la palabra del Maestro.

Juan Pablo, como tanto te gritamos tus hermanos mexicanos: te quiere todo el mundo, ve en paz. Tu dolor, como el que sufrió Jesús en sus últimas horas, que aceptaste como voluntad divina, será el gran testimonio que nos dejas de respeto a la vida. Como permanentemente lo has hecho en tu vida, ruega en el cielo por nosotros. Duerme en paz, y pide a nuestro Señor la paz que siempre buscaste en vida para el mundo. Con todo el amor, admiración y respeto de quienes hemos sido tus discípulos, escuchas de tu palabra magistral de amor a Dios por el servicio al prójimo. Nos veremos en el cielo.

Salvador I. Reding Vidaña
Colaborador de la Revista "Acción Femenina".